viernes, 4 de marzo de 2016

Memorias de una filósofa urbana

¿Les gusto?
Estoy leyendo poesía o cantando o simplemente hablando con gente. El público me devuelve la mirada. Lo hago para mí, porque me gusta, porque me saca de mi tan cómodo sillón emocional y me obliga a sentir. Pero... ¿les gusto?
¿Quién es ese "les", pronombre indefinido? Si ni siquiera los puedo identificar, ¿porqué me importa tanto su opinión? Si estuviera discutiendo esto con mi psicóloga, estaríamos escarbando en mi pasado, en mi relación con mi madre, en mi historia... Yo soy pura nostalgia, amo mirar hacia atrás, pero casi sin querer, estos días estoy mirando más hacia adelante. La verdad es que no veo nada, no entiendo a la gente que puede proyectarse y verse dentro de 5 años, ni aunque tuviera un plan sobre lo que quiero. No se, lo que sí sé es que quiero estar más presente en mi vida, en mis momentos y experiencias. Pero a la vez, no vivir mirando hacia adentro, sino hacia afuera. Es increíble lo fácil que podemos perdernos mirándonos el ombligo y estando pendientes de las nimiedades cotidianas, sobre dimensionando cosas que no lo valen. 

A veces recuerdo mis tiempos en la escuela, yo no fui de las que la pasaron "bomba", yo era de las que (se) sufrían en silencio, de las que padecían la necesidad de "encajar", de ser aceptada por algún grupo idealizado de chicas y se inventaba el maltrato tácito por no ser parte de él. Ahora miro hacia atrás y lo veo todo tan chiquito, si mi yo-de-hoy viviera esos momentos, me resbalaría absolutamente todo eso que en aquél momento me hacía sentir mal y debilitaba el autoestima. Hoy me daría risa. Si mi yo-de-ahora se pusiera los feos zapatos acordonados del colegio estaría aprovechando cada segundo del tiempo en aprender a tocar la guitarra, en salir a correr los fines de semana, en ponerme a grabar videos que más tarde se convertirían en películas caseras...

Entonces me doy cuenta de que estoy en la misma situación que mi yo-del-colegio: absorbida por el entorno y por problemas que no lo valen (diferentes, y sin embargo, los mismos). Casi que me causa gracia lo fácil que caigo en la misma trampa. Esa trampa es la creencia errada de que el valor reside en un otro, y es lo que nos distrae de nuestra misión en esta vida: pasarla bien, crecer, explotar de ser. En mi infancia era la aceptación de las chicas de mi grado, o la mirada de algún pibe. En mi pseudo-adultéz actual es el tener un buen trabajo, concretar mi sueño (todavía desconocido), compararme con mis contemporáneos y estar "mejor". Básicamente el cumplimiento de expectativas que... si lo pienso bien, están más alimentadas por un fantasma social, por el "les", que por mi misma. Irónicamente, la presión de llegar a ser mi mejor versión no es propia sino ajena. 

Si hiciera el ejercicio de imaginarme a mi-yo de dentro de diez años, me estaría mirando y riéndose de las bobadas que me preocupan hoy -así como yo me río de las de mi juventud-. Ella es la mejor y más sincera consejera de cómo llevar mi vida hoy día. La respuesta, sin querer sonar cursi, pero haciéndolo inevitablemente, está dentro de uno. La principal mirada que me tiene que importar es la mía. Pero a veces la mirada propia se contamina de la del resto, entonces todo es confuso y cuesta tomar decisiones: "¿esto es lo que quiero? ¿debería estar haciendo otra cosa? ¿está bien lo que hago o es por comodidad o miedo?". Creo que el sentimiento de querer mejorarnos es necesario para crecer, pero no cuando viene desde un lugar pre-juicioso basado en los "debería". Debería estar graduada ya, debería tener un trabajo dentro de mi rubro, debería estar aventurandome por el mundo, debería estar en una relación sería ¿tendré algo de  malo?, debería... Son todas cosas que deseo y sin embargo al ponerles el imperativo encima las convierto en obligaciones, presiones, en pesos que irónicamente no me dejan avanzar. 

Creo que lo primero que me diría mi yo-del-futuro es: dejá de pensar tanto en dónde están los demás, en si estás concretando tus sueños, en cuánto te demoras en saber qué querés hacer, en que si no hago ciertas cosas ahora -cual obligaciones- entonces mañana ya va a ser muy tarde. ¡Basta, por dió! Así no se puede vivir, es mucho peso, es un circulo vicioso -énfasis en la palabra "vicioso"-, es un freno de mano constante. Liberate y disfrutá lo que hacés y seguí buscando aquello que te da placer.


Cada tanto, como algún mecanismo automático de aprendizaje, se me vienen recuerdos de cuando era chica, escenas pequeñas pero significativas de mi vida que se me adhieren como expresiones metafóricas de problemas todavía no resueltos. Como aquella vez de excursión en Córdoba con el colegio en que fuimos a un "parque de diversiones" donde la atracción más deseada era el culipatín (una suerte de trineo que cae por un tobogán mediando la velocidad por medio de una palanca). Todos se lanzaban desesperados, divertidos mientras que yo... yo bajaba frenando. Y detrás mío se hacía una fila interminable de culipatines ansiosos, atascados detrás mio, como la caricatura de una ancianita tras el volante. Yo ponía el freno, tenía miedo...

El miedo es el paracaídas que nosotros mismos abrimos para justificarnos si las cosas salen mal, para "atajarnos". Y como en todo, las redes de contención que nos ponemos son las mismas que hacen que caigamos. Así, nunca nos terminamos de arriesgar entonces nunca nos lastimamos. Y como bien diría algún taoísta: sin lo malo, no se da lo bueno. Vivir es la armonía proveniente de la constante lucha de opuestos.

Hoy, mi yo-de-futuro y mi yo-niña me estarían diciendo: Cerrá los ojos nomás y disfrutá la caída.

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